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Se acabó la Cumbre y queda Túnez

Olga Paz, 12/14/2005

Al escribir sobre mis expectativas previas a Túnez y sobre los resultados, quiero evitar hacer mención a lo que ya algunos y algunas colegas han expresado en sendos artículos. Sin el ánimo de redundar, me he tomado la licencia de escribir una suerte de relato en primera persona, una crónica más subjetiva, especialmente dirigida a quiénes no estuvieron presentes en Túnez.

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Antes de ir a Túnez tenía la confianza y especialmente la expectativa de que la sociedad civil encontraría en la Cumbre un espacio de discusión de diferentes posiciones y de presentación de diversas propuestas e iniciativas. Al volver de Túnez, tengo mucha menos euforia y la sensación de que si bien la sociedad civil resultó favorecida al lograr importantes escenarios de participación, incluso de cara a los procesos futuros, fue la sociedad civil quien menos espacios de discusión encontró, no por el contexto de la Cumbre, sino por el contexto nacional: la cancelación de la Cumbre Ciudadana y otras actividades paralelas, así lo demuestran.

Todos los días en el Kram (el lugar donde se realizó el evento) me preguntaba, ¿por qué no encontraba delegados y delegadas de la sociedad civil tunecina?, ¿por qué no veía activistas de comunicación en los eventos paralelos? Fue muy difícil tomar contacto con personas tunecinas para conversar un poco sobre la vida cotidiana, los derechos de las mujeres, las actividades de los jóvenes o los movimientos sociales. Los rostros amables, pero fríos, de los hombres del hotel y de los encargados de los buses asignados para transportar a los y las visitantes todos los días; los rostros de los y las transeúntes, especialmente de los hombres que miraban a las extranjeras con un evidente interés que incomodaba; las personas de la seguridad del Kram que todos los días atravesaban su mirada en mi pecho para verificar si llevaba puesta la escarapela que me permitía estar en la Cumbre, tanta formalidad y tanto control en cadena. En medio de todo eso, casi llega el día la partida y no fue posible siquiera sentarme unos minutos a conversar con alguien de ese país que no estuviera directamente relacionado con la organización del evento o con el gobierno.

En Sidi Bu Said, un pueblo histórico y turístico, de casas blancas con puertas y rejas azules (como casi toda la ciudad), ubicado a unos 10 km al noreste de Túnez, estaba mirando por primera vez y con nostalgia el hermoso Mediterráneo, cuando por fin encontré dos rostros diferentes: dos mujeres jóvenes con mirada crítica sobre el gobierno del presidente Ben Ali, un par de seres valientes que hacen parte de un grupo de jóvenes luchando a riesgo de su propia vida para que “las cosas sean mejores en este país y haya un futuro para los jóvenes”.

¿Qué sucede en un país donde es imposible encontrarse con otros, cuestionar al gobierno central, fundar y mantener medios de comunicación independientes y hacer posible la libertad de opinión y de expresión?

Muchas veces los derechos de la comunicación se ven como marginales. Defender los derechos de la comunicación es para muchos algo sofisticado, especialmente en países donde los derechos a la vida no son respetados o donde las condiciones económicas son tan precarias que la falta del pan de cada día... Lo urgente no deja tiempo para pensar en lo importante. Sin embargo, al llegar a Túnez se percibe que el problema en ese país no depende demasiado de cuestiones económicas y es allí donde se nota que la calidad de vida y la satisfacción de las personas no pasa solamente por tener techo y comida.

Puede ser bastante frustrante para muchas personas no tener posibilidad alguna de participar en la vida política de su país, de opinar y de generar fuerzas y movimientos que luchen por logros sociales y por condiciones justas y equitativas para todos. Estando en Túnez, fui presa de la paranoia de quienes imponen el orden. Aunque parezca increíble, fue imposible encontrar un lugar para reunirnos con jóvenes activistas tunecinos sin levantar demasiadas sospechas, un lugar donde compartir un rato de discusión sobre los derechos de la comunicación y donde fuera posible conectarnos a internet para navegar la página de Indymedia.

Después de pasar todo el día con las chicas tunecinas, y de escuchar historias de torturas a activistas políticos, de violación a mujeres, de control de mensajes y contenidos de información que circulan por internet, le pregunté a una de ellas si haber estado conversando con extranjeros miembros de organizaciones de sociedad civil podía implicar un riesgo para ellas. Más con resignación que con tranquilidad, la chica me dijo, “si claro, ahora mismo nos deben estar siguiendo, sin embargo, todo lo que hago es un riesgo, es imposible hacer oposición sin ser vigilado… Afortunadamente mi familia vive fuera, así que eso me tranquiliza, sin embargo, he decidido quedarme aquí y aunque ustedes lo vean tan difícil, es mi país”.

Tal vez la posibilidad de envío y recibo de mensajes por internet sin temor a censura o a que fueran interceptados, fue más bien una excepción durante la Cumbre y quizá no siempre es así para los ciudadanos tunecinos. Tal vez muchos de los árboles y flores que adornaban las avenidas por donde circulaban los buses del evento no están allí todo el año y, de hecho, no están allí casi nunca; quizá las flores y los árboles fueron puestos en lugares visibles sólo temporalmente para agradar o impresionar a los visitantes. Tal vez no fue del todo casual que la mayoría de hoteles no ofrecieran acceso a internet desde las habitaciones y en algunos casos ni siquiera había un teléfono en cada cuarto. “Esta es la Cumbre de la Sociedad de la Información incomunicada”, dijo un indígena boliviano presente en Túnez. Lo que sí es cierto son las innumerables fotos del presidente Ben Ali en todos los lugares públicos y en cientos de lugares privados; fotos del presidente con la mano derecha sobre su corazón, fotos amables de medio cuerpo, fotos sonriendo a ciudadanos y foráneos como imponiendo una suerte de presencia fantasmagórica que dice en cada momento y en cada lugar “estoy aquí y a donde vayas puedo vigilarte”.

El hecho de no haber conocido al menos un poco de Túnez sin el disfraz urbano que pusieron y sin el montaje escénico que no dejó ver para la mayoría de nosotros el verdadero rostro de una ciudad, no sólo me deja una sensación de enorme frustración sino que me obliga a preguntarme si realmente la Cumbre, la presencia de más de 20 mil personas en ese país, la participación de tantos activistas de derechos, la presencia del Secretario general de la ONU y de la premio nobel de Paz, realmente pueden contribuir en algo a mejorar las difíciles condiciones políticas para los ciudadanos y ciudadanas de ese país; tal vez esa sea una esperanza demasiado grande, pero al menos me conformo con que una vez cerrado el telón de la Cumbre, la situación no se complique aún más para aquellas personas que renunciaron a la huelga de hambre sin obtener alguna garantía, o aquellos periodistas y activistas que aprovecharon la presencia foránea y la mirada mundial, para por fin quejarse abiertamente de la situación.

Le pregunté a la chica tunecina por qué seguía conversando conmigo si sabía que nos seguían, ya que eso la ponía en peligro, pero ella simplemente dijo “porque no es posible para nosotros informar desde aquí lo que está pasando y por eso les pedimos que informen por nosotros, tenerlos aquí es una oportunidad … Un amigo estaba enviando un mensaje por correo electrónico desde un cibercafé y fue rastreado hasta ese lugar, luego arrestado, desaparecido y torturado. Después de unas semanas lo dejaron en libertad, pero murió un mes después a causa de las torturas”.

Esta Cumbre demostró que no logró ejercer una presión demasiado importante para motivar un cambio de actitud del gobierno tunecino frente a su ciudadanía. El gobierno se encargó de demostrarle al mundo que son reales los temores y son justos los reclamos por la situación de los derechos humanos en ese país.

Como todavía es importante mantener al menos un halo de optimismo, con todos los límites y aún a pesar de todas las actividades canceladas, entiendo que el elemento más valioso de la Cumbre fue que organizaciones de sociedad civil del mundo entero encontraron un espacio para compartir sus experiencias, sus desafíos y sus demandas. Fue muy grato encontrarme por ejemplo con los paneles organizados por la red de Justicia en los Medios; allí diversas organizaciones de base de Estados Unidos compartieron lo que hacen por los derechos de la comunicación, buscando alternativas de información frente a los medios masivos que invisibilizan, excluyen y, en muchos casos, criminalizan a diversos grupos sociales como los afrodescendientes, los inmigrantes asiáticos, las comunidades étnicas, las mujeres y los jóvenes. Como indicó una de las integrantes de Justicia en los Medios, estar en la Cumbre es una oportunidad para comunicar que en Estados Unidos se necesita un cambio de lenguaje y discurso por parte de los medios masivos y para evidenciar la manera excluyente en la que se trata a muchas personas desde los contenidos informativos difundidos desde ese país.

La Cumbre muestra una vez más el lugar central que ocupa internet hoy. La presencia de un número importante de gobiernos evidencia que en casi todo el mundo hay un reconocimiento de internet, de las modernas tecnologías y sus posibilidades como medios importantes para el logro del desarrollo social, la gestión de conocimientos y mejores condiciones de vida para las personas. Si bien, con internet asistimos a una celebrada emergencia de los derechos de la comunicación, es precisamente con este nuevo medio que se plantean más desafíos sobre temas como la libertad de expresión, de prensa y de opinión. Ahora que muchos y diversos actores tienen en internet una opción para comunicar sus demandas más allá de las fronteras nacionales y para compartir sus saberes con otros pares en el mundo, es más urgente aún continuar hablando, posicionando y sobre todo defendiendo los derechos de la comunicación, en todos los países y especialmente en lugares como Túnez.

Por otro lado, si bien las declaraciones de la Cumbre han sido suscritas por decenas de países en el mundo, lo importante es lo que está por venir, las estrategias de los países para atender la brecha digital y para generar políticas concretas y acordes con los contextos nacionales, que vayan más allá de los discursos optimistas, de la buena voluntad
y de todas las buenas ideas expuestas por los delegados oficiales que estuvieron en Túnez.

Al salir de Túnez no logré despedirme de las chicas tunecinas. Al final, pudo más mi temor de extranjera en un país desconocido.

Con este relato me propongo compartir un poco de lo que encontré a través de las voces de un puñado de mujeres jóvenes: en cuanto a la información, al menos, la Cumbre valió la pena para ellas.

Llegando a casa, algunos colegas me dijeron, “Nunca supimos lo que estaba pasando en Túnez, ¿así de complicada es la situación allá? Definitivamente la prensa mundial, la radio y la televisión comercial tradicional, no difundieron nada sobre el país y se limitaron a cubrir un par de casos espectaculares que no necesariamente hacen honor a la verdad, como el computador portátil de 100 dólares de Negroponte. Si no hubiera sido por los medios electrónicos y por el enorme esfuerzo de organizaciones de la sociedad civil como la Asociación para el Progreso de las Comunicaciones (APC), la Campaña CRIS, Indymedia o la Agencia Latinoamericana de Información (ALAI), las voces sobre lo sucedido en Túnez no habrían sido escuchadas. Pero este asunto de las limitaciones informativas de los medios de comunicación tradicionales, es tema para otro artículo.
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